La noche se aferra al firmamento un poco más en la madrugada, el sol ayuda, remoloneando un poco, ninguno quiere ver lo que va a pasar. En el paso de uno hacia otro se producirá una muerte y si bien, toda muerte es en algún punto un dolor, está en si misma traerá más muerte. Un final o un principio.
La penumbra oculta que no queda mucho para ver en el monte, lo que antes era verde hoy es un yermo, que en la oscuridad parece un poco más vivo que lo que el día evidencia. La última evidencia de que ahí alguna vez hubo vida es una casita, en su interior no hay casi nada, como si la estructura en sí fuera una reproducción de lo que se ve fuera de ella. Como todo mobiliario hay una cama que permanece armada, un armario donde solo hay una escopeta, una escoba casi pelada y una pala remendada mil veces con cinta, piolines y algunas maderitas haciendo las veces de implantes. Una pileta y una mesada, bajo la mesada una cortina esconde, tres vasos, un par de platos y una garrafa, conectada a un anafe que anda cuando quiere. Dos sillas, sobre una de estas y con las piernas reposadas en la mesa, que estratégicamente está apoyada en sus tres patas contra la pared donde está la única ventana de la casa, sin vidrios ya, la dueña de casa duerme.
Un puntazo en el huesito dulce, fue eso o la hora a la que tendrían que cantar los gallos, si quedara alguno vivo, una de esas dos cosas la despertó, o de tres. A lo lejos por el camino una nube de tierra y el tronar de un motor que se acerca, anunciando que el ciclo se repite. ¿Será la misma? Se pregunta. La última vez que una camioneta anduvo por estos lares, con ella venia la muerte y está vez será igual, la Doña lo sabe y hace rato que la espera.
Entre la penumbra de la madrugada, con un sol que apenas está anunciando que quizás en un rato se deje ver, sin apurarse, baja los pies de la mesa, al tercer intento logra ponerse de pie ayudándose con la silla. Se frota la base de la espalda, donde duele y cuando el dolor escampa, se estira, siente los huesos acomodándose, con una mueca alegre, empieza con los preparativos para recibirla.
Sobre la mesa quedan los restos de la comida de la noche anterior. Levanta todo y lo deja en la mesada, le pasa un trapo a la mesa, mientras pispea por la ventana para saber cuanto tiempo le queda antes de que llegue la camioneta. Barrer o lavar. Solo hay tiempo para hacer una de las dos cosas. Se decide por barrer, busca algún lugar donde esconder los platos sucios, en el armario donde guarda la escoba queda espacio, abre la puerta con una mano saca la escoba y con la otra hace malabares para dejar los trastos sucios sin que se rompa nada. ¿Ella se dará cuenta que los platos están ahí? Se pregunta mientras barre y aunque crea que si, se imagina que no lo va a tomar a mal. Quiere estar lista cuando llegue. Definitivamente quiere asegurarse la eternidad en el recuerdo de la gente, si no es por haber sido la partera que parió a casi todo el pueblo, que sea recordada por ser la loca que se fue y dejó los platos sucios escondidos en el armario.
Barre la mugre y la junta con la pala y de ahí al tacho, el tiempo se acaba y mientras guarda la escoba con cuidado de no romper ninguno de los platos que nunca va a lavar, ni va a volver a usar. Cruza una mirada con la escopeta que apoyada en el fondo del armario espera por una última vuelta, una ronda, una víctima más, la última. Atrás quedaron los tiempos de los lobos atacando a las gallinas, hace tanto que no la usa, que hasta se siente tentada, el golpe en el hombro no es fácil de dejar atrás, menos en una noche como está. Sería tan fácil ponérselas difícil, tan fácil como difícil es resignarse a irse así, sin pelear. Hasta acá llegué, me voy ¿Qué será de mañana cuando ya no esté? Bueno, dentro de un rato nomás. El rugido se hace sentir, cada vez más cerca.
Mientras calcula cuanto tiempo queda, se apoya en la mesa y por un segundo se olvida de la camioneta, la nube de tierra que viene acercándose y, con la brisa en la cara, que quizás se levante para darle una última caricia, se pierde un poco en lo que fue. La imagen empieza a cambiar, la oscuridad se hace día rápidamente, para que pueda apreciar mejor el recuerdo. El otoño se hace primavera y el paisaje seco de todos los días se hace un pastizal, verde, vivo, flamea con un suave y constante viento. El trigo que empieza su ascensión se zarandea un poco y una bandada de pájaros levanta vuelo. Las gallinas cacarean en el corral y las vacas mugen invitando al ordeñe. En el chiquero Nabuconodosor se revuelca en su mugre, un poco triste, extraña al Negro que hace poco se fue. El río corre susurrando, constante, inyectándole vida a todo el monte. El río, ahí empezó a morir todo. Un poco antes una muerte y el río que se robaron faltando. El río corría, como corre ahora una lágrima por la cara de la Doña que se despide de su monte, del que fue.
El recuerdo se pierde y vuelve el monte de hoy, el muerto, el desierto, donde unas ramas secas resisten milagrosamente todavía en pie, la única prueba de que alguna vez hubo ahí una morera, que los chicos del pueblo venían a treparla y que con un par de gritos de la Doña, con las manos y la boca encastradas de violeta corrían al río a enjuagarse para tomar la leche. ¿Qué será de ellos que no saben lo que hacen, donde lavarán las manos tintas en mi sangre? ya no hay río donde enjuagarse. Con sangre se enjuagará la sangre hasta que el río vuelva y para que ese día llegue ¿Cuánta sangre correrá?
La camioneta está a escasos trescientos metros, camina tres pasos y deja la puerta entreabierta, no quiere que cuando llegue encuentre la puerta cerrada, quiere irse rápido, no quiere dar la sensación de que no la espera. Se acomoda el vestido, un poco arrugado por haber dormido en la silla. Mira el armario de nuevo, no hay tiempo cambiarse ni para lavar los platos, con las manos intenta planchar alguna de las arrugas que, siente, le inundan el vestido pleno de flores que se puso para tan importante ocasión. Algunas arrugas ceden, pero algunas rebeldes, resisten rebeldemente.
Unos golpecitos en la puerta que se abre con un permiso que brota de la sonrisa que ahora se asoma tras la puerta.
- Hola ¿Vamos? Dice sonriendo sin conseguir esconder la impaciencia del que espera.
- Buenas mi niña ¿Ya desayunaste?
- No tuve tiempo, pero… con un espacio sin palabras y lleno de significado haciendo referencia a lo que está pasar, al incipiente arreglo de cuentas mal habido, a la llegada de ella y también, por qué no, a aquella otra muerte, que surgió como el disparador de tanto horror.
- Hay tiempo, ponete la pava y nos tomamos unos mates, a ver si me ponés al día. Con un solo gesto de ella el tiempo casi se detiene y empieza a pasar en cámara lenta, muy lenta, la camioneta afuera sigue avanzando, casi imperceptible y el rugido que la precedía es ahora un ronroneo eterno que se pierde en el aire. Deferencias de tener buenos tratos con la muerte.
La Doña abre la garrafa y al quinto intento, después de darle un par de mamporros, logra prender el anafe. Llena la pava con el agua del balde que ayer, le trajeron, como todos los días, los chicos, sus chicos, desde el pueblo. Pone la pava al fuego, automáticamente porque se acaba de perder en sus pensamientos, agradece que todo esto pasé lo suficientemente temprano como para que ellos no estén por acá, pero también tiene la certeza que son ellos quienes se encontrarán con su cuerpo sin vida.
- ¿Hace cuánto no nos vemos?
- Veinte años hace, hoy, dice la Doña recordando el cagazo que se pegó cuando la vio aquella vez.
- Pensé que era menos, dice ella acomodándose en una de las sillas y con la mirada perdida en algún lugar del monte.
Charlan, se ponen al día, la Doña golpea el mate en el borde del tacho para vaciarlo, una pregunta sobre los que ya no están, la otra por los que quedan, dos viejas conocidas, la que trajo a la vida al pueblo todo y la que se lleva las mismas vidas. El mate se llena de nuevo con yerba nueva, el agua está en su temperatura justa. Con la pava en una mano y el mate en la otra se sienta en la otra silla sin interrumpir la charla. Los mates van pasando y la pregunta se hace carne en la piel de la partera.
-¿Y ahora qué?
- Primero nos vamos, sabes que acá se termina todo. Le responde a la espalda de la Doña que renueva un poco de yerba, que empieza a tener gusto a agua caliente.
- Si, si, pero que pasa con el resto. Se sienta mientras se toma el primer mate de la segunda vuelta.
- Mirá, si querés, por ahí estés apurada – recibe el mate, interrumpe su propuesta para tomarse el mate, que no calculó que con el cambio de yerba la temperatura se iba a hacer sentir, con una mueca exhibe su capacidad de quemarse la lengua – ¡Ay!, bueno, te decía, si querés nos quedamos por acá, porque como se van a dar las cosas, alguno más me voy a tener que llevar, en breve.
Asusta la declaración, porque sin decirlo habla de una muerta violenta que se denota en los gestos. La duda es grande ¿Quién será la víctima, quién el matador? ¿Será que todo vuelve a empezar? ¿Alguna vez terminó, o solo quedó en reposo para que ahora termine de definirse?
La camioneta, en cámara lenta se empieza a detener con un derrapar que va a durar cerca de un minuto o un segundo, depende de que lado se vea. Las puertas se empiezan a abrir y un pie, lentamente, muy lentamente si lo vemos desde dentro de la casa, empieza a asomarse. Las preguntas de la Doña, quedan para otro momento, ella se levanta de la silla, le tiende la mano y con un vamos el tiempo, de ambos lados, vuelve a su andar natural.
Mientras atraviesan la puerta, la Doña ve a la que fue desplomarse en el piso.